Julio es un
mes chungo para escribir, en el sentido de que poco o nada pasa en tu
vida si no estás de vacaciones, que ya se ve que no es el caso... Y
la cosa es que tengo tiempo y ganas, podría escribir sobre el frío
polar que sigo pasando cada día en el curro (nada nuevo bajo el
sol), sobre la puta conciliación familiar que me sigue tocando los
huevos, sobre Bárcenas y Urdangarín, sobre corrupción y
monarquía... pero no, hoy me apetece hablar de algo agradable, algo
que me llena de orgullo y satisfacción.
Día de autos: viernes día 5 de julio;
Estefi de rebajas con dos amigas, yo en la piscina con Paula y Marta,
business as usual... Paula se va con una amiga y me quedo por primera
vez solo con Marta en la piscina, el profesor cabrón con su alumna
díscola... Comienzos difíciles, no se quiere ni quitar un
manguito... llorando a moco tendido sentada en el bordillo de la
piscina, la socorrista a punto de llamar a Servicios Sociales... qué
apuro... bueno, pues me da por quitarle no uno, sino los dos
manguitos del tirón, y a Marta le da por tirarse sola a la piscina,
y le da por nadar... y le da por escucharme y le da por aprender... y
en media hora, Marta ya es capaz de cruzar media piscina a lo ancho,
y a este padre se le cae la baba...
A ver, todos los niños tienen una
capacidad de aprendizaje fuera de lo normal, Paula también la tiene,
pero los movimientos, los gestos, la naturalidad de Marta al nadar van
más allá, es algo que lleva en la sangre... le enseño hasta 4 y
ella me da hasta 8, no deja de sorprenderme y me sigue maravillando
cada tarde de piscina... eso sí, cabezona es como su puñetera madre,
Montero tenía que ser...
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